La Madre Caridad observó durante varios segundos aquella pequeña tira de cinta médica que sostenía entre los dedos.
No sabía por qué, pero algo dentro de ella le decía que aquel diminuto pedazo de material podía ser la primera pieza de un rompecabezas que llevaba años intentando resolver.
Lo acercó a la luz.
Era reciente.
Y lo más inquietante era el olor.
La doctora Paloma utilizaba exactamente aquel tipo de cinta después de realizar determinados procedimientos médicos.
Pero había algo que no encajaba.
La doctora solo había visitado el convento durante los embarazos anteriores.
Nunca había utilizado aquella cinta delante de las demás hermanas.
—¿Qué estás escondiendo, Esperanza? —murmuró la Madre Caridad.
Entonces escuchó unos pasos en el pasillo.
Guardó rápidamente la cinta dentro del bolsillo de su hábito.
La puerta se abrió.
Era la hermana Beatriz, una de las monjas más antiguas del convento.
—Madre, ¿se encuentra bien?
Caridad intentó sonreír.
—Sí. Solo estoy un poco preocupada por Esperanza.
Beatriz bajó la mirada.
Durante unos segundos permaneció en silencio.
Después dijo algo que hizo que la Madre Caridad sintiera un escalofrío.
—Yo también.
—¿Por qué?
La anciana monja cerró la puerta detrás de ella.
—Porque anoche escuché algo.
—¿Qué escuchaste?
Beatriz miró hacia el pasillo antes de responder.
—Una voz.
Caridad frunció el ceño.
—¿De quién?
—De un hombre.
La Madre Caridad se quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—Eso mismo pensé. Por eso no dije nada.
—¿Dónde lo escuchaste?
Beatriz tragó saliva.
—En la antigua enfermería.
Aquella habitación llevaba casi cuatro años cerrada.
Después de la muerte de una de las hermanas más antiguas, la Madre Caridad había ordenado que nadie entrara allí.
—¿Qué hacía un hombre dentro de la enfermería?
—No lo sé —respondió Beatriz—. Pero escuché claramente una voz que decía: "Todavía no es el momento".
Caridad sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Estás segura?
—Completamente.
En ese momento, un ruido procedente del pasillo hizo que ambas se sobresaltaran.
Alguien estaba caminando.
Pero cuando abrieron la puerta, no había nadie.
Solo el largo corredor de piedra iluminado por las ventanas.
La doctora Paloma llegó aquella misma tarde.
Esperanza estaba sentada en una pequeña habitación mientras la médica realizaba la revisión.
La Madre Caridad permanecía junto a la puerta.
Observaba cada movimiento.
—Todo parece normal —dijo Paloma después de unos minutos.
—¿Está embarazada? —preguntó Caridad.
La doctora levantó la mirada.
—Sí.
La confirmación volvió a caer sobre la habitación como una piedra.
—¿De cuánto tiempo?
Paloma dudó.
—Aproximadamente seis semanas.
Esperanza sonrió.
—¿Lo ve, Madre? Otro regalo.
Pero la Madre Caridad no sonrió.
Había observado algo.
Cuando la doctora guardó sus instrumentos, Esperanza levantó ligeramente la manga de su hábito.
Y allí estaba.
Una pequeña marca circular en la piel.
Exactamente igual a la que la Madre Caridad había visto en los embarazos anteriores.
—Esperanza —dijo lentamente—, ¿qué es esa marca?
La joven monja bajó inmediatamente la manga.
—Nada.
—Déjame verla.
—Madre…
—Déjame verla.
Esperanza permaneció en silencio.
Finalmente levantó la manga.
La doctora Paloma palideció.
Caridad lo notó.
—¿Usted sabe qué es eso?
—No —respondió rápidamente la doctora.
Pero estaba mintiendo.
La Madre Caridad lo supo de inmediato.
—Paloma.
La médica evitó su mirada.
—No es importante.
—Entonces, ¿por qué estás temblando?
Nadie respondió.
Aquella noche, la Madre Caridad tomó una decisión.
Esperaría.
No enfrentaría a nadie.
No todavía.
Quería descubrir la verdad.
Y para hacerlo necesitaba observar.
Durante los siguientes días, Esperanza continuó con su rutina habitual.
Rezaba.
Ayudaba en la cocina.
Cuidaba a sus dos hijos.
Y cada noche desaparecía durante aproximadamente veinte minutos.
La primera vez, Caridad pensó que simplemente iba al baño.
La segunda noche, comenzó a sospechar.
La tercera, decidió seguirla.
Esperanza salió de su habitación poco después de la medianoche.
Caminó por el corredor.
Bajó unas escaleras.
Atravesó una pequeña puerta que conducía hacia el ala antigua del convento.
Caridad la siguió manteniendo cierta distancia.
Esperanza llegó hasta la antigua enfermería.
Sacó una llave de debajo de su hábito.
La introdujo en la cerradura.
La puerta se abrió.
Caridad sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
La joven monja entró.
Caridad esperó unos segundos antes de acercarse.
Entonces escuchó una voz.
Una voz masculina.
—Llegaste tarde.
Caridad llevó una mano a la boca.
Se acercó lentamente a la puerta.
La dejó entreabierta.
Y miró.
Lo que vio hizo que casi cayera al suelo.
Esperanza no estaba sola.
Frente a ella había un hombre vestido con ropa oscura.
Pero no era un desconocido.
Caridad lo reconoció inmediatamente.
Era el doctor Samuel Ortega.
El médico que había atendido a las hermanas del convento durante años.
Y el mismo hombre que, según los registros oficiales, había muerto hacía tres años.
La Madre Caridad retrocedió horrorizada.
Pero antes de poder marcharse, escuchó algo todavía peor.
—El tercer embarazo ya comenzó —dijo Samuel.
Esperanza respondió:
—¿Y el bebé?
El hombre permaneció en silencio.
—Esta vez no podemos cometer el mismo error.
Caridad sintió que las piernas dejaban de responderle.
¿El mismo error?
¿Qué significaba aquello?
Entonces Samuel añadió:
—Los otros dos niños sobrevivieron porque nadie descubrió la verdad a tiempo. Pero este bebé no puede salir del convento.
Caridad se llevó ambas manos a la boca.
Quiso correr.
Quiso gritar.
Pero escuchó un ruido detrás de ella.
Se giró.
La hermana Beatriz estaba allí.
Y tenía lágrimas en los ojos.
—Madre —susurró—, ahora ya lo sabe.
—¿Tú sabías esto?
Beatriz asintió lentamente.
—Desde el primer embarazo.
Caridad sintió una mezcla de rabia y miedo.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque me amenazaron.
—¿Quién?
Beatriz señaló hacia la antigua enfermería.
—Él no es el único.
Aquella madrugada, Caridad reunió a Beatriz en su despacho.
La anciana monja cerró todas las ventanas antes de comenzar a hablar.
—Hace seis años, antes de que Esperanza llegara al convento, el doctor Samuel comenzó a investigar una enfermedad genética muy extraña.
—¿Qué tiene que ver eso con los embarazos?
—Todo.
Beatriz explicó que Samuel había convencido a varias personas de que Esperanza poseía una característica biológica extremadamente rara.
Pero había algo que la joven monja desconocía.
Sus embarazos no eran milagros.
Tampoco eran fruto de una relación secreta.
Eran consecuencia de un procedimiento médico experimental.
Caridad sintió náuseas.
—¿Esperanza fue utilizada?
—Sí.
—¿Y sus hijos?
Beatriz bajó la mirada.
—Los dos primeros fueron considerados un "éxito".
La Madre Caridad se levantó bruscamente.
—¿Éxito?
—Eso fue lo que dijeron.
—¡Son niños!
—Lo sé.
Entonces Beatriz sacó de debajo de su hábito una pequeña caja metálica.
Dentro había fotografías.
Documentos.
Informes médicos.
Y tres fotografías de Esperanza.
La primera mostraba a la joven antes de ingresar al convento.
La segunda correspondía al momento de su primer embarazo.
La tercera…
Caridad se quedó mirando la fotografía.
Era una imagen de una ecografía.
Pero había algo escrito detrás.
Una fecha.
Y un nombre.
Caridad sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué significa esto?
Beatriz respondió con voz quebrada:
—Que Esperanza no fue la primera mujer.
—¿Qué?
—Hubo otras.
A la mañana siguiente, la Madre Caridad decidió registrar la antigua enfermería.
Esperó hasta que Esperanza y las demás hermanas estuvieran ocupadas.
Luego entró.
Detrás de un viejo armario encontró una puerta oculta.
La abrió.
Al otro lado había una pequeña habitación subterránea.
Y allí descubrió algo que jamás habría imaginado.
Decenas de carpetas.
Cada una llevaba un nombre.
Mujeres.
Fechas.
Embarazos.
Bebés.
Algunas carpetas tenían fotografías.
Otras estaban marcadas con una palabra:
"Fallido".
Caridad sintió que se le revolvía el estómago.
Entonces encontró una carpeta con el nombre de Esperanza.
La abrió.
Había información sobre sus tres embarazos.
Pero también había una cuarta página.
Una página que no debería existir.
Decía:
"Sujeto E-17. Embarazo número cuatro. Objetivo: nacimiento viable. Destino del recién nacido: reservado."
Caridad dejó caer los papeles.
—Dios mío…
Entonces escuchó una respiración detrás de ella.
Se giró.
Esperanza estaba en la puerta.
Pero ya no tenía aquella sonrisa tranquila.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Ahora sabe la verdad, Madre.
Caridad retrocedió.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Esperanza se acercó lentamente.
—Desde mi primer embarazo.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
—Porque me hicieron creer que si hablaba, matarían a mis hijos.
Caridad sintió un nudo en la garganta.
—¿Quiénes?
Esperanza señaló las carpetas.
—Las personas que están detrás de esto.
—¿Samuel?
—Samuel murió hace tres años.
—Pero yo lo vi anoche.
Esperanza negó con la cabeza.
—No era Samuel.
Caridad quedó paralizada.
—¿Entonces quién era?
Esperanza respondió:
—Su hermano gemelo.
En ese instante, se escuchó un golpe fuerte en la puerta principal del convento.
Después otro.
Y otro.
Las monjas comenzaron a gritar.
Caridad y Esperanza salieron corriendo.
Al llegar al patio, vieron varios vehículos negros estacionados frente al convento.
Hombres vestidos de civil estaban entrando.
Uno de ellos mostró una identificación.
—Venimos por la hermana Esperanza.
La Madre Caridad se interpuso.
—Aquí no se llevarán a nadie.
El hombre sonrió.
—Madre, usted todavía no comprende lo que está ocurriendo.
Esperanza abrazó a sus dos hijos.
Entonces uno de los hombres pronunció una frase que hizo que Caridad entendiera que aquello era mucho más grande de lo que había imaginado:
—No hemos venido por ella.
Miró hacia el vientre de Esperanza.
—Hemos venido por el bebé.
Pasaron ocho meses.
Esperanza dio a luz en medio de una tormenta.
La Madre Caridad permaneció junto a ella durante todo el parto.
Cuando finalmente se escuchó el llanto del bebé, todas las hermanas comenzaron a llorar.
Era una niña.
Pequeña.
Sana.
Y aparentemente normal.
Pero cuando la doctora Paloma la tomó entre sus brazos, se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué ocurre? —preguntó Caridad.
La médica observó la pequeña muñeca de la recién nacida.
Tenía una marca circular.
La misma marca que Esperanza había llevado durante años.
Pero había algo diferente.
En el centro de la marca había una diminuta cicatriz con forma de cruz.
Paloma comenzó a llorar.
—Esto no puede ser…
—¿Qué significa? —preguntó Caridad.
La doctora levantó la mirada.
—Que este bebé no es el final del experimento.
—¿Entonces qué es?
Paloma respondió:
—Es el principio.
En ese momento, alguien golpeó tres veces la puerta de la sala.
Las hermanas se quedaron en silencio.
Caridad abrió lentamente.
Frente a ella había un anciano sacerdote.
La Madre Caridad lo reconoció.
Era el antiguo director espiritual del convento, desaparecido hacía más de veinte años.
El hombre miró al bebé.
Después miró a Esperanza.
Y finalmente dijo:
—Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
El anciano cerró la puerta detrás de él.
—Sobre la verdadera razón por la que Esperanza fue enviada a este convento.
Caridad sintió un escalofrío.
—¿Cuál?
El sacerdote miró a la niña.
—Porque su madre también nació aquí.
La habitación quedó completamente en silencio.
Y entonces agregó:
—Y porque el bebé que acaba de nacer no es el primer miembro de esta familia que lleva esa marca.
La Madre Caridad miró a Esperanza.
Esperanza comenzó a llorar.
Pero esta vez no eran lágrimas de miedo.
Eran lágrimas de reconocimiento.
Como si finalmente hubiera comprendido quién era realmente.
Afuera, la tormenta golpeaba las ventanas.
Y mientras todos observaban a la recién nacida dormir tranquilamente, nadie imaginaba que aquella pequeña niña sería quien, años después, descubriría todos los nombres ocultos en aquellas viejas carpetas…
Incluido el de la persona que había iniciado todo.
Y aquel nombre estaba escrito en la primera página.
Madre Caridad.